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FILOSOFÍA DE LA TÉCNICA Y LA TECNOLOGÍA. DESAFÍOS DEL ANTROPOCENO

El Antropoceno exige pensar la técnica y la tecnología como mediaciones históricas que configuran economía, cultura, poder y mundo viviente. En efecto, hoy resulta imposible pensar la condición humana al margen de las mediaciones técnicas que organizan la producción, la percepción, la comunicación y el habitar.
En un sentido amplio, la técnica, más que a herramientas o máquinas, remite a formas de saber-hacer y de ordenar la vida colectiva. La tecnología, en cambio, designa la cristalización moderna de esos saberes en sistemas científico-industriales, infraestructuras y artefactos de gran alcance. Lewis Mumford mostró tempranamente que la historia de la técnica es inseparable de la historia de la cultura: no basta explicar la aparición de nuevos dispositivos; hay que comprender la sociedad que se dispone a utilizarlos y a reorganizarse a partir de ellos (Mumford, 1934|2020).
De igual forma, para Karl Polanyi la modernidad industrial implicó, no solo una serie de innovaciones materiales, sino una transformación institucional que desvinculó la economía de la trama social. Su crítica de la sociedad de mercado permite entender que la técnica moderna se articuló con la mercantilización del trabajo y de la tierra, convertidos así en «mercancías ficticias», y que la Revolución industrial fue también una «invención social» que subordinó la vida a la lógica del mercado (Polanyi, 1944|2017). Así, las tecnologías condensan decisiones políticas, jerarquías sociales y formas de valorar lo viviente, de modo que la relación entre técnica, economía y sociedad no puede pensarse en términos de exterioridad.
Bruno Latour y Michel Serres permiten ampliar ese diagnóstico. Latour propone entender lo social como una red de asociaciones entre humanos y no humanos, donde los artefactos tienen agencia distribuida y participan en la producción de lo común; de ahí que una filosofía de la tecnología deba estudiar ensamblajes socio-técnicos y no solo intenciones humanas (Latour, 2005|2008). Serres, por su parte, sostiene que el viejo contrato social es insuficiente en una época en la que el mundo físico responde a nuestras acciones; por eso reclama un «contrato natural» que reinscriba la política, el derecho y el conocimiento en la materialidad compartida de la Tierra. En esa misma línea, Flavia Costa propone leer el presente como «Tecnoceno»: un salto de escala en el que tecnologías de alta complejidad, desigualdad estructural y degradación ecosistémica vuelven previsibles nuevos «accidentes normales» (Costa, 2021).
El Informe Meadows sigue siendo aquí una referencia clave, dado que formuló con claridad sistémica el conflicto entre crecimiento exponencial y planeta finito (Meadows et al., 1972). Consecuentemente, si no se efectúan cambios en las tendencias de población, industrialización, contaminación, producción de alimentos y uso de recursos, el resultado probable es el sobrepasamiento de los límites y el deterioro de las condiciones de vida.
Medio siglo después, la ciencia climática y el marco de límites planetarios refuerzan la vigencia de esa advertencia: la acción humana ha causado inequívocamente el calentamiento global y la estabilidad terrestre depende de no rebasar umbrales biofísicos interdependientes. De ahí la actualidad de Jorge Riechmann, quien insiste en que la salida no pasa

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