LITERATURA DE VIAJE POR AMÉRICA LATINA EN EL SIGLO XIX
Los viajeros y exploradores han sido fuente primaria de conocimiento geográfico, científico y etnográfico desde siempre, y sus descripciones de la flora, la fauna, el arte, la historia, la actividad económica o las costumbres de un país tuvieron una importancia primordial para configurar la imagen exterior de las florecientes naciones del siglo XIX. Precisamente en esta época, el formidable desarrollo de los transportes y las comunicaciones, basado en la máquina de vapor y el telégrafo, conllevó una verdadera fiebre viajera que constituyó el origen del actual turismo de masas. El número de viajeros creció exponencialmente, y con ellos sus relatos, sus visiones del otro, que se irían acumulando y repitiendo conformando estereotipos nacionales que se prolongan hasta nuestros días, y que afectaron poderosamente, incluso, a cómo los pueblos se ven a sí mismos.
Difícilmente se encontrarán consecuencias textuales más directas del contacto con lo Otro que los relatos de los viajeros, de manera que los discursos de estos se ofrecen como una excelente materia prima para reflexionar sobre la alteridad y la identidad. Sean americanos viajando por su propio país, americanos viajando por otros países de América, o viajeros de otros continentes recorriendo Latinoamérica, todas las visiones, plasmadas repetidamente en las publicaciones periódicas y en los libros, irán conformando un mosaico con una imagen cada vez más definida, pero no por ello más verdadera, de lo que es América.
Más específicamente, la literatura de viaje ha sido desde siempre la fuente escrita primordial para la difusión en el mundo del conocimiento (más o menos veraz, más o menos fantástico) que se tenía sobre los pueblos nativos americanos, y, aún en el siglo XIX, este grupo de textos va a conservar su relevancia sobre todo al abordar la temática de los indígenas que se mantenían al margen de la cultura occidental, los llamados en la época «indios bravos», apenas contactados, a menudo conflictivamente, por militares, científicos o misioneros. En todo caso, al describir las costumbres locales, los viajeros también aportaron su testimonio acerca de los «indios mansos», integrados a la vida urbana y en proceso de transculturación, y hablaron también sobre la población mestiza.
En el siglo XIX, a medida que el vapor amenice la experiencia viajera, además de militares, científicos y misioneros, también empezarán a escribir sus experiencias otro tipo de viajeros entre los que se encuentran periodistas, escritores, pintores, fotógrafos, políticos… Esta nueva ola de viajeros, que se superpone a la anterior, preferirá una escritura más subjetiva, de «impresiones», especialmente atenta a las reacciones emocionales y estéticas provocadas por la vivencia del viaje. Además, estos nuevos viajeros reflejarán especialmente las realidades urbanas.
Excepcionalmente, también las mujeres escribirán sobre sus viajes por América Latina. Si desde el punto de vista cuantitativo las viajeras del XIX tienen poco peso, cualitativamente su importancia radica en aportar un punto de vista singular y alternativo que difiere del de los viajeros masculinos, como demostró Mary Louise Pratt en Ojos imperiales, complementando el gran cuadro de la literatura de viaje de la época.
