LA GEOGRAFÍA CAMBIANTE DE LAS LENGUAS INDÍGENAS DEL CONTINENTE AMERICANO
Como se sabe, el continente americano constituye una de las regiones del mundo con mayor riqueza lingüística. Aunque las estimaciones difieren, reconstrucciones conservadoras proponen la existencia, solo en América del Sur, de hasta mil lenguas pertenecientes a no menos de 110 linajes lingüísticos (Kaufman 1990), de los cuales un 40 % está representado por una sola lengua (Seifart y Hammarström 2017). En América del Norte, solo California contaba con no menos de 78 lenguas (Golla 2011), muchas pertenecientes a familias pequeñas y locales; el resto del continente incrementa significativamente la cantidad de lenguas y familias. Al igual que en el resto del mundo, esta diversidad no se distribuye de manera homogénea: se observan amplias zonas de alta diversidad, como Amazonia o California, en contraste con otras donde es menor.
Al mismo tiempo, estas distribuciones no son estáticas, y mapas como los de Haynie y Gavin (2019) o Kaufman (2007) representan una situación genérica de «punto de contacto» que quizá nunca existió. Esto se debe a que dicho punto puede diferir por cientos de años, por lo que tales mapas corren el riesgo de indirectamente retratar a los pueblos indígenas como si no tuvieran historia antes de la colonización europea (Wolf 1982). Muchas veces el impacto europeo ha cambiado drásticamente la distribución de las lenguas indígenas y continúa haciéndolo en el continente americano en su totalidad. Por un lado, el colonialismo de asentamiento respaldado por el Estado desplazó a menudo a los pueblos indígenas de las tierras económicamente más atractivas, impactando de forma drástica la estructura demográfica y lingüística. Por otro, para algunos grupos, el impacto europeo abrió nuevas oportunidades para expandirse más allá de sus tierras tradicionales (p.ej., Rhodes 2020). Aunque casi ubicuos, estos cambios en el alcance de las lenguas rara vez se han investigado en detalle, pese a su importancia para comprender la compleja historia lingüística del continente americano y estudiar patrones y asimetrías en la diversidad lingüística a escala continental (p.ej., Pacheco Coelho et al. 2019) o global (Nettle 1999, Hua et al. 2019).
En este taller, nuestro objetivo es rastrear estos desarrollos a nivel local, regional o continental. Recibimos contribuciones que presenten estudios de caso sobre cómo cambió la distribución de una lengua o familia lingüística. Esto puede basarse en distintas líneas de evidencia, ya sea histórico-lingüística, etnográfica, basada en documentos históricos, análisis de topónimos –a menudo conservadores y preservadores de etapas anteriores de las distribuciones lingüísticas (Urban 2023)– y, cuando corresponda, evidencia arqueológica. También recibimos contribuciones de mayor alcance que intenten reconstruir el antiguo paisaje lingüístico de una región en un momento dado, como Urban (2019) para la costa norte de Perú. En ambos casos, el objetivo es obtener material para mejorar la cartografía histórica de la diversidad lingüística del continente. En línea con el tema central del congreso, aceptamos además trabajos sobre cómo el vínculo entre lengua y territorio puede seguir representado en la memoria cultural, fenómeno recurrente tanto en América del Norte (p.ej., Basso 1996) como en América del Sur (p.ej., Santos-Granero 1998).
